Rincón de los Relatos

-Eso es imposible porqué mejor no revisas tus datos de nuevo- pidió casi con enojo el astrónomo a cargo del observatorio.
-No son mis datos profesor, es lo que estoy viendo- el alumno cedió el lente a su incrédulo mentor. Sus retinas en el ocular y el universo apareció ante sus ojos, un manto negro repleto de estrellas que esta vez sufría una anomalía aterradora.
-No lo puedo creer ha sido un minuto y lo he visto, varias estrellas apagarse como si les cortaran la corriente de golpe.
-He contado al menos 50 tan sólo esta noche profesor- relataba el alumno con la mirada de alguien que sabe va a morir. Esa noche ambos dedicaron su tiempo a contar los soles que apagaban su luz y el número crecía y crecía y sin ningún patrón reconocible. Algún niño jugaba con el universo cortando los cables de la vida a su caprichoso antojo.
-Todo lo que me pregunto ahora es cuándo será el turno de la nuestra.

-No es que se apaguen, es como si se despegaran del cielo y se cayeran- Tatiana y Roberto miraban el cielo nocturno recostados en lo alto de una solitaria colina a las afueras de su pueblo.
-Las estrellas no… - Roberto desistió –tienes razón, a lo mejor los hilos ya no aguantan más.
-¡Mira, ahí desapareció otra!- Tatiana miró a Roberto, se veía muy preocupado -¿Qué crees estaremos haciendo en diez años más?- no reaccionaba –Yo creo que estaremos aquí mismo, mirando las estrellas. A lo mejor ya estaremos casados, tal vez con un hijo ¿recuerdas sus nombres?- Roberto sólo podía pensar en lo inevitable –Martina si era mujer y…- Tatiana se quedó en silencio esperando alguna respuesta.
-…Julián si era hombre lo recuerdo- dijo finalmente dejándose invadir por la fantasía de su novia.
-Yo sólo espero que sean rubios como tú y no que tengan este horrible negro ensortijado- bromeó Tatiana jugando con su cabello.
-A mí me gusta tu pelo-
-Eres un cliché con patas amor- y un beso en la mejilla.
-Oye y se supone que eres el amor de mi vida- reía Roberto, no existía nada que ella pudiera decir o hacer para dejar de sonreírle.
-Un poeta no eres, nunca he escuchado un cumplido más allá de eres bella como las estrellas- Roberto volvió la vista al cielo.
-¿Irónico no? pero sabes yo sobreviviré a esto porque aunque todas las estrellas del cielo se apaguen tú seguirás brillando- a medias pudo Tatiana contener una risotada.

“Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea”
-¡El cielo apaga sus estrellas para abrirle paso a la única y verdadera justicia! –un cura suizo levantaba la biblia abierta en sus páginas finales- ¡Ha llegado la hora! – y las manos sangraban de apretar tan fuerte los rosarios y las rodillas pidiendo perdón. Nunca se había visto tal fervor antes ni en las épocas de mayor adoración. Nada alimenta mejor el miedo humano y su creencia en la divinidad como la aproximación del final.
-¡Heme aquí padre, toda la vida dediqué a buscar el origen del universo en neutrones y positrones y ahora la verdad me es revelada! –
-¡Comparte tu verdad con tus hermanos siervo de Dios!-
“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”
-¡Dios padre todopoderoso! ¡único creador y destructor del universo!-
-¡Amén hijo mío!- y el tronar de la bendición sagrada fulminó cientos de estrellas y el cielo se hizo todavía más oscuro.

El cielo nunca había tenido un tono negro tan puro y desconcertante aunque ya varios días antes se había decretado el fin del fin del universo. Las pocas estrellas restantes luchaban para alumbrar las galaxias incluido el invencible Sol radiando su calor y protección de siempre. La humanidad se sintió aliviada y engañada y con la tranquilidad de quién ha descubierto le han jugado una muy mala broma volvieron a sus quehaceres normales, los astrónomos a sus cálculos, los amantes a sus clichés, los creyentes y los no a sus dioses habituales y la Tierra siguió produciendo años de doce meses para siempre.