
De tantas joyas, anillos, aretes, collares, dorados, plateados, turquesas, aquella llave sin cerrojo era la única capaz de volverme loco con su belleza, tan simple y tan hipnótica con sus dientes herrados por las manos de un artista y su anillo de formas que aún nadie a sabido nombrar. Hoy será el día, hoy me atreveré a entrar.

“La llevo” anuncié al caballeroso joyero quien con un gesto me las pidió de regreso para ponerlas en su estuche. Pero algo más hacía. Tomó las llaves y en su anillo encajó otro con forma común y débiles plateados. “¿Qué hace?” pregunté enfadado. “Les coloco un llavero señor, habrá visto usted alguna vez una llave sin su llavero” fue su cordial explicación y sin embargo no incitó la mía. “Yo no quiero ese horrible llavero, vine tan sólo por la llave” reclamé al instante. “Señor, las llaves y el llavero van siempre juntos” refutó el dedicado joyero siempre sereno. “No las llevaré entonces” decidí ahora llorando, alicaído pero con decisión inapelable.
Nunca he dejado de buscar desde entonces. Día tras día visito aparadores y vitrinas en busca de una llave tan perfecta, especial y misteriosa como aquella pero sin olvidar: los llaveros y las llaves no se venden por separado.

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