OCACIONALMENTE ALGO INTERESANTE

martes, 5 de noviembre de 2013

Vertical

Rincón de los Relatos

Tuve un sueño sobre una ciudad. Atropellada por el crecimiento y la ambición de sus habitantes no le quedó alternativa más que mirar hacia el cielo y a un ritmo demencial destruir las pequeñas plantas de altura rasa y sembrar nuevas de gran altura. Los granitos de cemento miraban asustados cómo la vista se tornaba brumosa de tanto subir, las ventanas siempre con una vecina de al frente pasaban sus días cotorreando indiscreciones de las tímidas puertas renuentes a salir de los interiores. Avanzaba como una cámara rápida tratando de alcanzar el tiempo relevante donde todo estuviera terminado y eso mareaba a las jirafas metálicas cuyos cuellos, sin embargo, ni se inmutaban al levantar pesados bloques hasta un piso indicado con tres cifras.

Al terminar la obra como arañas las personas subían a ocupar sus lugares ya designados y tendían sus hilos marcando territorio deseosas de ocupar el siguiente ovillo en otra habitación todavía más alta porque el deseo no paraba ahí, porque más allá se construye algo mejor y mucho más alto. Tanto alimentaban a la ciudad que sus edificios no solo crecieron hacia las alturas, también engordaban sin control. Desde niños comiendo chatarra y grasas, codicia y deudas, nunca les enseñaron que todas las desgracias vienen con la prosperidad descontrolada y fue entonces cuando de pronto me vi parado en las calles de esa ciudad. Entre decenas de edificios cuyas últimas moradas no alcanzaban a verse con la vista.


A mi alrededor las personas caminaban con lentes de sol, literalmente, gafas amarillas que simulaban un día soleado, otros con quitasoles invertidos y los más creativos con linternas colgando de cintillos en sus cabezas todo con tal de sentir un poco del astro rey porque hasta a él lo opacaron esos deseos de rascar el cielo con piscinas en altura. Cansado de estar sumergido en esa fría tiniebla de concreto le compré a un vendedor ambulante uno de esos anteojos solares y se sintió como estar tomando café con sacarina, refrescarse con aire acondicionado, escuchar un sintetizador, acariciar un gato de peluche. En fin, creo que nos hemos preparado de a poco para una vida de sucedáneos y el sueño termina cuando me parece mucho más cómodo andar con gafas amarillas que caminar bajo el inclemente sol de verano. 

jueves, 29 de agosto de 2013

Las Horas Sin Ella

Rincón de los Relatos

A Marisol

Éste es otro de esos días monótonos y simples en los que sé que no estoy ni estaré con ella. Miro mi reloj al salir de casa y como todos los días debo caminar unos quince minutos antes de llegar a la estación del metro en una marcha de anticipación sin la esperanza de liberarme de los apretones y empujones del servicio de fletes público. La lluvia que anticipé con mi paraguas se detiene ya dos cuadras avanzado justo cuando es demasiado tarde para devolverlo a casa. Todo me distrae esta mañana en un intento casi inconciente por alejar mi mente de las horas sin ella. Por largo rato veo a unos perros enloquecidos con las ruedas de los autos sobretodo de las motos y tratando de entender su fijación yo mismo me encuentro vigilando las ruedas, fijándome en cómo ruedan cada vez más rápido, fascinado con ese efecto óptico que hace parecer que se detuvieran para luego girar marcha atrás y quizás los perros las siguen porque ese fenómeno les pone la curiosidad de cabeza. El viento arrecia llevándose cada vez más hojas de otoño consigo. Pasmado quedo mirando las figuras que hacen antes de llegar al suelo, jugando a adivinar dónde caerán, intrigado por las extrañas curvas de descenso. Como si no fuera poca distracción las calles de mi barrio están atestadas de grúas constructoras que comienzan a funcionar a esta hora y es un gusto verlas girar, levantar, tronar y la cabina está tan lejos de vista, hacen parecer a las grúas entes independientes, gustosas de levantar edificios aunque les signifique esfuerzo. Son niños mecánicos levantando piezas de un juguete armable ansiosas por verlo completo y una señora sentada en una banca teje un chaleco con lana de oveja observando la construcción pensando tal vez lo mismo que yo. Fácilmente desvió mi mente soñando despierto pienso en mi siguiente historia, pasan brujas y princesas en un enredo clásico cuando me doy cuenta de que quizás se me ha hecho irreversiblemente tarde para marcar mi entrada al trabajo. Pero mi reloj ha avanzado solo unos cuantos minutos y pareciera alivianar su marcha. Quiero recordarla. Si no la voy a ver hoy al menos viajar hacia la última vez que la vi, que tome sus manos, que besé su rostro, el tiempo lento, lento, casi al borde del colapso, que la abrasé, que sentí su cuerpo cerca del mío.

El tiempo ya no aguanta tanta lentitud. Se detiene por un momento imposible de medir y comienza a retroceder. Las agujas en los relojes se resisten al principio pero se rinden pronto al entender las razones de la anomalía y todo va hacia atrás, los antónimos y lo contrario el mundo se puebla de ello y las nubes absorben agua desde el suelo los autos corren obsesionados detrás de los perros las hojas escalan los árboles el sol que va hacia el oriente las princesas besan a los príncipes para convertirlos en sapos las brujas deshacen los conjuros para devolver las uñas a los gatos las ancianas tejen chalecos para las ovejas mientras las grúas desarman edificios y un sonido del tiempo rompiendo la barrera de la lógica hasta que al fin algo familiar. Es ella caminando entre la lluvia ascendente con un paraguas colgando de sus pies para no mojarse y cada vez más cerca me sonríe y me dice “nos veremos muy luego” y me saluda de un largo abrazo, su perfume sale de mis narices “no te vayas tan pronto” le digo y responde “me quedaría más tiempo pero debo irme” es ahí cuando el sonido de una grúa destripando concreto y los árboles agarrando hojas de vuelta me recuerda que estaremos juntos hasta cuando nos volvamos a saludar. “Hola, esperaba tanto verte” las ancianas tejen chalecos “nos queda mucho tiempo para estar juntos” las nubes comienzan a llover.

martes, 9 de julio de 2013

Tierra Plana

Rincón de los Relatos

Nuestros lejanos ancestros tenían razón sobre la Tierra. Es plana como los mismos mapas que la representan. ¿Que cómo lo sé? ¿nunca has dejado caer una gota de agua al suelo? Hazlo y verás que ahí se queda, sin moverse, ni un solo centímetro.

Cuando los antiguos navegantes de barcos de madera y telas convertidas en propulsión se aventuraron más allá de lo que la vista podía alcanzar lograron descubrir lo que por teoría se sabía. Si bien se trataba de postulados irrefutables, nada se compara a la experiencia de zarpar de un puerto y volver al mismo luego de navegar por meses en la misma dirección comprobando así, en altamar y con sacrificio, lo que versados científicos demostraban con sus mentes y sus fórmulas. Tanta certeza como el azul del cielo se decretó que el planeta es una esfera chata, un globo flotando en el espacio. Los escépticos finalmente callaron sus voces cuando los cohetes espaciales lograron romper la atmósfera y ver a la Tierra desde un ángulo tan solo imaginado. Allí estaba la esfera vital siguiendo una ley inquebrantable alrededor del astro rey y tan redonda y brillante que ninguna duda cabía ya. Solo los locos y desquiciados hablaban de una Tierra plana.

Alguna vez lo fue, sin duda y hay evidencia de ello. Fotografías espaciales, diarios de navegantes, cálculos de ingenieros, elucubraciones de escritores de ciencia ficción. La Tierra fue redonda mientras el hombre le daba la energía para mantenerse inflada. Imagina cuanta fuerza le dieron esos valientes que luchaban contra la opresión de los embajadores de lo llano en la época cuando si quiera decir que la Tierra era redonda significaba un castigo tortuoso y lleno de ira. Imagina cuanto aire adquirió el planeta en los tiempos de los navegantes que la recorrían a ciegas o cuando se esforzaban por lanzar balas huecas y tripuladas para verla desde lejos. No eran solo ellos, la humanidad entera estaba hambrienta de descubrimiento, de luz, de deseos de explorar, de no creer en ese borde donde el mar caía por un risco y se perdía en el firmamento. La humanidad creía entonces en el infinito, en las posibilidades eternas, en la Tierra que por más que corrieras nunca se iba a terminar.

Un fenómeno inusual, paranormal incluso, ocurrió al poco andar de la historia. Se reveló sin duda alguna el proceso de achatamiento del planeta. El diámetro se convertía en arista, la sombra en la Luna perdía su perfil. ¿Cuál sería la causa y la consecuencia? La verdad pocos creyeron en tan maniática teoría y sus defensores fueron tachados de locos y el tema quedó catalogado bajo las locas conjeturas de conspiración a la altura de los marcianos verdes.

Cómo se iba a mantener redonda cuando la humanidad se desinfló. El baile de la curiosidad, del cambio, del ingenio fue cambiado por la marcha del conformismo, de la rutina, del hipnotismo tecnológico y ese paso firme, militar, fue pisando tan fuerte y tan frío que la Tierra no aguantó y comenzó a aplanarse por más imposible que parezca. Hombres y mujeres dedicados a seguir la misma ruta de navegación sobre la misma goleta, nace crece reproduce muere, estudia trabaja cría muere, sexo dinero diversión muere, el engaño de los pequeños proyectos ese curso ese hobby un pequeño caramelo entre las toneladas de asfalto de la autopista y la Tierra cede ante los límites de la mente en retirada del paso retumbante de los tambores monótonos y la sonrisa inventada pero diablos qué satisfactoria qué dulce qué excitante falsedad qué fácil es así qué maravilloso ese masaje constante sin tener nada para pensar y la Tierra es plana es plana es plana y limitada y el mar se cae a pedazos por los bordes filosos del planeta miles de hombres y mujeres nuevos se dejan caer desde el firmamento y al llegar al suelo…

…no se mueven ni un solo centímetro.

jueves, 13 de junio de 2013

Ojos de Luna

Rincón de los Relatos


Un torbellino del cual no quiero escapar. Negro entero excepto por su fondo iluminado por dos luceros amarillos brillantes. Dos lunas me llaman con su encanto ineludible. Nado con los brazos hacia ellos apurando mi llegada. Despierto entonces con el dolor del sueño en el corazón, con la ínfima felicidad plena antes de la conciencia. En ese tiempo tan pequeño estuve dentro de tus ojos de luna, estuve en tus manos, en tus labios y fue lo más real por ese instante. Estuve al final del arcoíris viéndote bailar en su cima, la promesa cumplida del tesoro invaluable al final de los siete colores.

Me levanto me ducho me visto me largo a caminar entre las calles de una ciudad que llueve y hay gritos mecánicos por todos lados, relinchos de caucho, robots repitiendo trazados diarios todo sobre una neblina de insignificancia. Soy yo y la lluvia que por culpa de poetas hoy y siempre es y será melancólica. Cierro mis ojos para escuchar su áurea caída directo desde las nubes condensadas desde ese sueño con tus ojos de luna estás tú en cada gota y me abrazas fuerte, cada vez más, un relámpago y tus besos, tu piel es el viento envolvente, tu aroma emerge de los prados inundados en agua. Y el dolor del despertar de ese sueño real por esa fracción de segundo. No quiero abrir los ojos ni prender la luz no quiero ver la hora real en el reloj ni el día en el calendario. Quiero aguantar lo más que pueda la ilusión de estar bajo la lluvia de tus ojos de luna.

Un dos un dos un dos suena la percusión bélica y nos llama a batalla a miles de soldados que luchamos por tu reinado. Todos van muriendo, amigos y enemigos, envueltos en una guerra sin gritos sin sangre hasta quedar solo yo, solo tú llegando a verme victorioso con tu vestido de polvo estelar montada en un dragón majestuoso llevando tu casco alado y batiendo tus plumas de ángel. Eres todos los cuentos, todas las leyendas bajando hasta mí un mortal soñador que deja la espada a un lado para arrodillarse a tu soberanía total sobre este mundo que no sé dónde está y que está en todas partes. Y no quiero escuchar el reclamo de la alarma ni sentir el frío sobre la ropa de la cama, que no termine este momento que quiero sea real eternamente aunque este siempre al borde de caer desde un rascacielos.

Deseo tanto vivir en ese pestañeo de tiempo donde estamos juntos navegando a través del espacio ennegrecido de vergüenza por la luz magnánima de tus ojos de luna ¡dime que sí! ¡dime que sí ojos de luna! ¡no me dejes dormir más! ¡no me dejes volver a despertar!

martes, 28 de mayo de 2013

Intolerancia Cero

Rincón de los Relatos


-¡Hey! ¡Tomás!- al ver que su amigo no lo escuchaba corrió entre la multitud de la calle hacia él casi tropezando por culpa de sus altos tacones.
-¡Tomás, te grité y ni me hiciste caso!- jadeaba Cecilia por la abrupta carrera.
-Ceci, no te escuché- respondía desanimado, casi derrumbado.
-¿Estás bien? te ves terrible- olvidó el cansancio para estar preocupada.
-El trabajo me tiene harto, ya no aguantó más esto de trabajar todos los días como chino- apenas dicho esto una escandalosa sirena sonaba desde todas partes y un puñado de policías vestidos totalmente de gris se hizo presente rodeando a Tomás.
-Señor, acompáñenos por favor- dos que parecían gemelos lo tomaron de las axilas y un tercero, también idéntico, le puso las esposas con una velocidad y pericia que demostraba sus condiciones de policía de elite.
-Por favor yo…- a pesar del alboroto Tomás pareció reconocer su error –les juro fue sin intensión, se los juro por favor no me lleven- lloraba de susto y arrepentimiento mientras Cecilia lejos de colaborar se reía.
-¡Jajaja! ¡cálmate hombre, no llores como mujercita!- le gritó a todo pulmón y en un parpadeo pasaba por el mismo procedimiento que Tomás y así de rápido se los llevaron a la comisaría en los lujosos autos blancos de la policía.

La pieza es un cubo perfecto con paredes de espejo que desde afuera son en realidad ventanas. En el centro geométricamente determinado se emplaza el centro de una mesa cuadrada de vidrio transparente y dos sillas de acrílico pegadas al piso dispuestas una exactamente frente a la otra. En una de ellas Tomás aguardaba con las manos esposadas sobre la mesa ya vestido con el overol marrón del imputado, con el rostro cansado y derrotado por la circunstancia, con el cuerpo temblando y sus pensamientos divagando entre quienes supuestamente lo miraban con ojos acusatorios al otro lado de los espejos. Al pasar un tiempo imposible de medir una puerta se abre en una de las paredes cuyas ranuras desaparecen de la vista al volver a cerrarse. Un hombre calvo, con el rostro totalmente rasurado, cejas, barba y bigote, vestido con un uniforme negro se hace presente cargando únicamente una placa transparente.
-Veamos, veamos- dice mientras toma asiento y revisa algunos archivos en la placa computacional. Todo esto sin mirar aún a Tomás quien no dice una palabra.
-¿Sabes por qué estás aquí verdad? ¿sabes dónde estamos?- pregunta el policía sin levantar la vista.
-Sí señor, estamos en la prefectura de tolerancia- respondió robótico, esperando lo peor.
-¿Se da cuenta de lo necesario de su presencia aquí?- Tomás podía ver que el policía revisaba su ficha de vida –es usted un buen trabajador, padre ejemplar y hasta vive en un barrio decente- dejó la placa sobre la mesa provocando un sonido vidrioso que retumbó por toda la sala –y ahora mírese- el calvo inspector levantó los brazos mostrándole su nueva realidad.
-Por qué no dijo trabajo mucho, duro, harto, hasta el cansancio, teniendo tantas alternativas para expresarse- acusó al cabo de unos minutos de silencio eterno –lo que usted dijo es horrendo, discriminador e ignorante ¿o acaso usted ha ido a china o conoce algún chino personalmente?- no lo dejó hablar –por supuesto que no ¿verdad? como siempre la discriminación partiendo desde la oscuridad de la ignorancia- chasqueó los dedos y un contingente de policías de blanco, esta vez visiblemente armados, levantaron violentamente a Tomás de su silla y se lo llevaron sin mediar reclamo ni avisos de por medio. Mientras salían con Tomás otros policías de blanco entraban con Cecilia.

-¡Tomás!- pero él pasó colgando de los brazos de los policías con la cabeza gacha y los oídos sordos.
-¡Oiga esto es injusto!- reclamó Cecilia al calvo ejecutor de la ley con tono desafiante y mirada pugilista. No pudo sin embargo resistir la fuerza de sus escoltas albos que la sentaron con fuerza sobre la silla de acrílico que ocupase Tomás.
-¡Esto es un atropello, una…!- harto, el policía mayor golpeó la mesa de vidrio al punto de resquebrajarla y hacer retumbar las paredes de espejo en un vaivén que hizo temer a Cecilia que toda la estructura se viniera abajo.
-¡Escúchame bien pendeja de mierda!- el rostro del policía se desfiguró en rabia y parecía capaz de cualquier atrocidad. Cecilia de inmediato quedó sometida.
-“no llores como mujercita, no llores como mujercita”- repetía citando la frase culposa –¿te crees muy graciosa?- le preguntó mientras se inclinaba hacia ella apoyado en la mesa apretando los puños –La sociedad está harta de esta violencia- dijo mientras le indicaba con un gesto de apertura de brazos las murallas de espejo –Tu amigo y los chinos, tú y las mujeres ¿acaso te parece bien reírse de ellos, referirse de manera despectiva a toda a una raza o a un género? ¡tú genero!- apuntó con un dedo acusador. El policía de negro volvió a tomar asiento y jugaba con las manos bajo su barbilla en postura pensante.
-Mírate ahora apesadumbrada por la realidad, por el reconocimiento de tu falta. Todos te condenamos, yo y todos los que te miran a través del vidrio pero eso no basta y sabes muy bien el castigo- Chasqueó los dedos y el procedimiento anterior se repetía. Policías armados y de blanco impoluto se la llevaban a rastras, vencida, hacia la siguiente etapa del castigo por su lengua soez y tan llena de discriminación.
-Estamos hasta el cansancio de mierda como tú que viene a destruir nuestra sociedad de unión y aceptación total- le susurró al oído antes de dejar la habitación. -¡Castigo doble para esta basura!-

A Tomás lo lanzaron dentro de otra habitación igual de cúbica pero con murallas metálicas y negras iluminada por barras del neón más blanco que jamás había visto. Una decena de puertas rechinaron al mismo tiempo y un puñado de justicieros cubiertos por ropas blancas de cuerpo entero exceptuando sus achinados ojos entraron en hordas repitiendo diferentes frases y cargando mazos de espuma.
A Cecilia la rodeo un contingente similar sin duda todas mujeres y lo hicieron saber hablando fuerte y claro sus consignas mientras resonaban los mazos sobre sus manos. Estaban dispuestas a todo con tal de reprender a la ofensora. Al sonido de unas campanas comenzaron a llover los garrotazos mientras Cecilia estaba convertida en un ovillo indefensa en el gélido piso. Sus gritos de auxilio quedaban ahogados entre los disparos verbales de cada una de las “mujercitas” que con fuerza sobrenatural descargaban su ira.

“¿Acaso los hombres no lloran?
Las mujeres somos igual de fuertes que los hombres.
Es un prejuicio porque somos más sensibles.
En el mundo moderno nadie debería hacer distinciones de género de este tipo.
Ya no somos el sexo débil ¡hasta cuándo!”

Y llovían las consignas desde todas partes y desde ninguna

“Si no has estado en China no hables.
Discriminar un país, una nación con una burla ignorante merece condena.
¿Qué quisiste decir con ‘cómo chino’? ¿acaso el resto no trabaja o es que el recibir abuso es nuestra característica?
Nadie puede hablar así si no conoce nuestra verdad.
El trabajo forzado pertenece a un pasado de abusos y falta de leyes, una parte oscura de la historia que no es para la risa”

Y los relámpagos de espuma terminaban siendo golpes de puño y escupos en el rostro.

Ciento cuarenta golpes recibió Tomás de cada ejecutor, doscientos ochenta Cecilia por orden del policía de la sala de espejos, para luego ser retenidos un día completo dentro del salón oscuro para darles tiempo de reflexión y meditación en oscuridad y soledad total. Al día siguiente los sacaron a rastras dos policías idénticos y de blanco porque no se podían los pies por el abatimiento ni podían abrir los ojos por la vergüenza.

Antes de dejarlos partir, les marcaron sus identificaciones con una pequeña esvástica de tinta negra, la primera para cada uno, para recordarles a ellos y a los demás que habían incurrido en una grave e inolvidable falta.

martes, 21 de mayo de 2013

En Picada

Rincón de los Relatos


Tan dulce, inocente, incluso ingenua me encantaste con tus hilos de pureza e hipnotizado te hice reverencias. Quise complacerte en todo, verte sonreír con mis sorpresas, con cumplir las promesas has con locas proezas. Me llevaste de la mano por un camino que imaginaba largo, infinito incluso, junto a ti siempre. Hasta lo llegué a ver en tus ojos, en tus palabras llenas de cariño y en tu honestidad a prueba de este mundo cada vez más plástico y perverso.


Estaba atrapado por la gravedad de tus ojos solares, de otro mundo, orbité desde entonces a tu entorno obedeciendo tus reglas dejándome llevar por tus caprichos y haciendo todo para iluminar más tu vanidad astral. Adónde fueses, lo que pidieses todo con tal de estar a tu lado y con acercarme un poco más a ti y más y más. Un camino sin retorno, leve e invisible caída en picada a las redes de tu superficie quemante. Todos lo me lo decían te tiene del cuello, haces lo que ella dice te mueves adonde ella va y a cambio que has recibido, es que algún día decía cumpliendo una nueva vuelta cada vez más cerca y me gritaban desde el espacio profundo ¡Vete, vete de ahí o terminarás estrellándote! Te miraba y trataba de resistir pero era inútil. Me enceguecías con tu ternura y tu sonrisa repleta de esperanza.


En un grito desesperado el universo intenta detenerme y es entonces cuando al fin veo, te veo a los ojos y tú no me miras de vuelta. Lo sé ahora, nunca lo hicieron. Te quise tomar la mano y la sacaste como quien las arranca de una superficie hirviente. Te quise acariciar el rostro y con un desprecio me corriste la cara como si fuera el peor de los insultos. Cómo se me ocurría tan siquiera mirarte y subir al pedestal estelar donde te encuentras y escuché desde tus gestos “impío ser inferior, estáis aquí para servirme, para hacer de mi ego el más grande de todos dónde se ha visto un esclavo acercarse a su reina”


Trepé mil veces la torre afirmado a tus cabellos, cabalgué mil veces a través de los agudos rosales para despertarte, recogí mil veces tu zapato de cristal y aún así me despreciaste hasta el último de los días aún así no fui más que el juguete de turno. Nunca quisiste que los cuentos terminaran con un final feliz y me hiciste sentir como el sapo que las princesas no quieren besar, como el vasallo que lo más alto que puede mirar es a los pies de su doncella. Por suerte me has dejado la fuerza suficiente para tratar de huir, relevar mi cargo a otro planeta dispuesto a orbitar tu majestuosa necesidad de admiración y reverencia. Ni siquiera podría terminar diciendo “algún día te darás cuenta” porque realmente la única que te interesa eres tú. Centro. Astro. Vanidad.


viernes, 22 de febrero de 2013

Sofía Virgo y La Muerte Del Gato Benito

Rincón de los Relatos

Nota Previa: Sofía Virgo es, digamos, mi personaje experimental. Se trata de una escolar, de tercero medio, asidua al mundo de los detectives. Por ello, cada vez que hay un problema donde exista conflicto, ella entra a trata de resolver el misterio con métodos sencillos y que tenga a la mano invitando a quien lea sus casos a resolverlos junto a ella. A la pobre la había dejado en reposo por un largo rato pero al fin ha vuelto con un estilo diferente y espero algo más desafiante y entretenido. Sigue el tag Sofía Virgo si quieres enterarte de sus historias anteriores.

La Muerte Del Gato Benito


Bien temprano por la mañana mientras Sofía recién levantada se dirige a la cocina para desayunar, echa un vistazo por la ventana que da hacia la calle y su atención es retenida por un montón de gente apiñada al centro de la calle mirando algo que parecía estar en el piso. Sin dudarlo salió corriendo a ver lo que sucedía ya presintiendo algo interesante para investigar, observar por lo menos. La turba de vecinos naturalmente le hizo espacio para llegar al centro del conflicto y fue ahí cuando la sonrisa se le borró del rostro. La imagen de Constanza, vecina y compañera de tercero medio, arrodillada en el suelo y con su gato muerto entre las manos no podía si no causarle pena y sorpresa.

-¿Pero qué pasó?- pregunta Sofía a su amiga
-Pillé al Benito muerto aquí en la calle- llora Constanza
-¿Viste cómo fue?- la ahora investigadora ya observa el lugar en busca de pistas para responderse sola esa pregunta.
-No. La señora Marta me fue a buscar a la casa diciendo que algo le había pasado al Benito- la aludida que está muy cerca salta a la conversación. Ahora Sofía nota que Constanza aún está con piyama.
-Sí, así fue. Escuché un frenazo fuerte justo cuando despertaba, me levanté a mirar por la ventana y ahí vi al gato solito tirado en la calle- Sofía mira hacia la casa justo enfrente y más cercana, la casa de la señora Marta.
-¿Por qué no llevamos al Benito a tu casa Coni?- sugiere Sofía. La dueña del gato se muestra dubitativa como esperaba Sofía –yo lo llevo ¿bueno?- entre lágrimas Constanza le entrega suavemente el cuerpo del gato a su amiga y ambas se van caminando hacia su casa. La oportunidad perfecta para echarle un vistazo al gato. Estratégicamente deja a Coni caminar delante de ella. La multitud se dispersa

[Sinceramente esto no parece un atropello, más bien no lo es porque este gato se ve intacto. Debería ser una masa de carne y huesos pero en cambio acarreo más bien a un muerto impecable. Mmm… que extraño su pelo, está como cuando te pasan un globo con estática por sobre la cabeza… y vaya olor, apostaría que lo pasaron por una lavadora poco antes de quedar tirado en la calle… esto es interesante, la barbilla parece mojada. A ver la boca… todos los gatos tienen un aliento del demonio, pero éste tiene además… sí, un pedacito de papel atrapado entre sus caninos ¿le gustará comer papel? Raro. Aunque lo presione un poco fuerte no siento crujidos ni nada, Benito parece estar más durmiendo que muerto. Se ve tan tranquilo]

-Gracias por acompañarme Sofi- se acercan a la reja de la casa de Coni y aparece el hermano mayor también muy preocupado quien recibe de los brazos de Sofía al gato fallecido.
-Creo que mejor vengo después- le dice Sofía en voz baja entregando al gato.
-Te aviso cualquier cosa- agrega el hermano y se despiden cuando Constanza ya está dentro de su casa.
Cómo liberada de una obligación, Sofía vuelve corriendo al lugar donde supuestamente atropellaron al gato porque está seguro que descubrirá que no hay accidente vehicular alguno.

[La escena tiene la respuesta… aquí es, ya todos se han ido. Mmm… sí, al menos la versión de la señora Marta parece plausible, ella oye el frenazo, está en su habitación, probablemente al fondo de la casa como en todas las del barrio, va a mirar por la ventana que da a la calle… ¿unos quince segundos? Dijo “vi al gato solito tirado en la calle” o sea no vio el auto quiere decir que frenó, luego debió sentir que atropelló al gato y huyó ¿por qué? ni que fuera un delito… Ahora lo decisivo… Mmm las huellas de las ruedas obviamente, algo más separadas estoy segura que el auto de mi papá tiene las ruedas más juntas y definitivamente más delgadas que estas. A ver, un poco de orden: el gato está en medio de la calle muy temprano por la mañana, viene un auto desde la izquierda… el conductor se da cuenta del gato pero muy tarde, reacciona frenando con todo el pedal como reflejo pero no logra evitar a Benito, quince segundos es muy poco para bajarse, mirar y huir así que sintió el golpe y no bastó más para arrancar. Mmm, daré un paseo por el barrio]

Sofía comienza a recorrer el barrio mirando casa por casa en busca de una pista que le ayude a crearle un sentido a la muerte de Benito. Karen aparece interrumpiendo sus pensamientos.
-¿Supiste lo de Coni verdad?- pregunta Karen exaltada. A pesar de su llegada continúan juntas ahora caminando por el barrio.
-El pobre gato- se limita a comentar.
-Qué maldad atropellar un gato- comenta la recién llegada, Sofía la mira.
-No lo atropellaron-
-Pero si a mí me contó la Coni que…-
-Lo sé pero no lo atropellaron- Karen saltó una risotada ante la seguridad tan firme de Sofía.
-Sofi, si no fueras tú quien me lo dice no lo creería, entonces…-
-Estoy tratando de recordar a quienes reclamaron alguna vez por culpa de ese gato- Sofía recordaba pero quería una segunda opinión. Karen, animada porque ahora participaba en una de las investigaciones de su amiga, no tardó en responder.
-La más quejona es la vieja Teresa, la de la casa de al lado de Coni. Dice que se le mete a su casa por el techo y que tiene que echarlo a escobazos. También me acuerdo de don Héctor que llegó con una pala con caca del gato donde Coni y se la dejó en la puerta porque Benito había ido a decorar su patio- por un momento se queda en silencio tratando de recordar más incidentes.
-Benito era un gato revoltoso al parecer- comenta Sofía dando tiempo a Karen.
-Lo era sí, recuerdo a la señora Martínez de la 615, ella una vez llegó con el gato agarrado de la piel del cuello a la casa de Coni y estaba furiosa porque era la enésima vez que él le comía la comida a su gata-
-¿Los tres tienen auto?- pregunta Sofía ya con ideas en mente.
-Eso creo- ahora siguieron caminando en silencio aunque con un rumbo seguro. Sofía quiere pasar por afuera de las casas de los tres vecinos en conflicto.

[Aquí es, 615. Patio con pasto y ahí pegado a la muralla el plato de comida y el de agua, ambos vacíos ¿y la gata?... temprano para haber estado regando sobretodo en esta época de mañanas frías. Mmm… enorme camioneta, eso es interesante me pregunto si la señora Martínez sabe manejar]

-Karen necesito un favor: improvisa- Sofía al decir esto ya había tocado el timbre de la casa y la señora Martínez salía por la puerta.
-¿Y ustedes que quieren niñitas?- gritó desde su puerta. Sofía le susurra a Karen al oído.
-Necesito entrar y dar una vuelta por el patio- Karen paralizada tuvo dificultades para destrabar la lengua mientras pensaba alguna excusa.
-Aah, señora… somos del colegio y… aah… tenemos una tarea, sí, una tarea sobre plantas y me pregunto si podemos tomarle fotos a las suyas que están muy bonitas- menciona Karen apuntando con su mano a los maceteros que tiene la señora Martínez repartidos por el patio.
-¡Pero claro niñas adelante!- se animó la señora con uno de sus temas favoritos.
-Bien pensado- le susurró Sofía a su amiga sinceramente sorprendida.
La señora Martínez se llevó a Karen junto a los maceteros y eso permite a Sofía escabullirse para observar el patio.

[A la manguera todavía le chorrea un poco de agua, cosa extraña porque… el pasto no parece mojado excepto cerca de donde está la manguera. Mmm… ese olor… a ver el auto… se debe ver muy bien desde un auto tan alto y con la silla corrida tan adelante, de todas formas no hay mucho que ver ni la carrocería ni las ruedas parecen tener algún signo de haber aplastado al Benito aunque eso ya lo sabía. Es bien desordenada esta señora con su patio, hay algunos maceteros volteados y hasta un rollo de papel confort en medio del patio… Mmm, lo que me tiene un tanto intrigada es la elegante blusa negra de la señora Martínez]

-Disculpe señora Martínez- dice Sofía justo cuando la dueña de casa muestra unas matas de menta a Karen –no debería lavar su ropa a mano porque después le van a terminar todas partidas como a mi abuela-
-¿Y de dónde sacas tú eso?- se mostró la señora algo indignada –mi marido hace tiempo ya me compró una lavadora automática.

A esta altura lo que le interesa a Sofía es aclarar cómo sucedieron los hechos porque ya no es ningún misterio que alguno de los vecinos enemistados con el gato sencillamente decidió terminar con él y ya teniendo algunas certezas ella piensa que no necesita visitar la casa de los demás ni hacer más preguntas. Sofía Virgo, luego de una rápida reflexión y con esa última pregunta a la señora Martínez quedó con la película clara paso a paso. Antes de seguir leyendo ¿Crees poder llegar a la misma conclusión que Sofía sobre cómo exactamente fue asesinado el gato Benito?

[No será fácil acusar a esta señora de haber matado al Benito pero si presento bien mis averiguaciones no debería poder negarse. La realidad es sencilla. El gato estaba muerto pero en una sola pieza por lo tanto un atropello es imposible. Ahora, al tomar al gato noté la barbilla mojada pero el resto del cuerpo estaba seco y erizado extraño pero perfectamente explicable si se agrega agua, un secador y para las partes más complejas incluso papel confort pero de eso no estoy segura. De lo que si estoy segura es del olor del gato, a lavado y aunque no di con certeza al principio las mangas blancas de la blusa negra de la señora me dio la idea del cloro. Sencillo: la señora Martínez encuentra al gato junto a los potes de agua y comida vacíos, lo culpa y decide terminar con el abuso. Entra a su casa, busca cloro y se lo engulle por la boca al pobre Benito quien no tarda en volverse loco en convulsiones. Espuma por la boca y el gato pasado a cloro. Decide darle un baño con la manguera y limpiarle la boca con el papel confort. Desesperada por evitar ser culpada, echa una mirada a su garaje y ve la enorme camioneta. Creyéndose astuta usa un secador para no dejar rastro del baño y se lleva al gato y maneja una cuadra a toda velocidad y luego un frenazo potente para llamar la atención de los vecinos, lanza al gato por la ventana y arranca, da una vuelta a la manzana, guarda el auto y asunto solucionado.



jueves, 21 de febrero de 2013

Sala De Urgencias

Rincón de los Relatos


La sirena acercaba su escándalo. El doctor de turno y una enfermera se ponen guantes de látex y salen a la entrada de urgencias para recibir al paciente y atenderlo lo más rápido posible. La ambulancia aparece veloz y de un violento frenazo se detiene justo donde debe hacerlo. Los paramédicos se bajan corriendo y abren las puertas traseras de la ambulancia con habilidad acostumbrada. Acomodan las patas con ruedas de la camilla y en ella se ve a un hombre recostado de unos treinta con la mirada perdida en el cielo, los ojos llorosos y el aspecto cansado. El doctor lo mira y gracias a su experiencia sabe de inmediato el mal que le aqueja.

-Al box tres- le indicó a los paramédicos quienes empujaron corriendo la camilla hacia el interior de la sala de urgencias y luego de la atestada sala de espera, en el pasillo de la izquierda la tercera puerta.
-Pobre muchacho- dice el doctor a la enfermera quien asiente con semblante comprensivo.
-¿Cómo te llamas?- le pregunta ella suavemente.
-Gabriel- responde con un nudo en la garganta, síntoma ya previsto por los dos especialistas.
-Cuéntanos, cómo te pasó- pide el doctor quien con un gesto le da a entender a Gabriel que comprende perfectamente su malestar.
-Es… es esta mujer doctor, esta mujer la que me tiene mal- la enfermera le mide el pulso y toma algunas notas. Gabriel voltea sus ojos hacia atrás tratando de ver el cielo en la ventana  de la pared por encima de su cabeza.
-¿Novia?- pregunta el doctor, Gabriel lo mira desconsolado.
-No. Me hubiera gustado que lo hubiésemos intentado- el doctor y la enfermera se miran de reojo, al comprender el mensaje esta última sale del box.
-Te rechazó entonces- dice el doctor a modo de conclusión posible.
-Ni siquiera, es decir al menos el rechazo es una certeza pero yo con ella tengo ninguna. Es del todo impredecible, a veces me pone mucha atención y otras nada. Sabe estoy seguro hay algo entre nosotros y no es solo una idea mía- el doctor lo interrumpe.
-Cuál vendría siendo la dificultad- Gabriel se pierde un rato en sus pensamientos tratando de expresar mejor lo que quiere comunicar.
-El problema es que tiene una enorme capacidad de darme grandes esperanzas para luego arrancarlas de cuajo y toda de una sola vez. El problema es que pienso que a veces tiene muchas ganas de verme y al día siguiente que hasta mi voz le parece repulsiva. El problema es que cuando quiero hablar con ella o siquiera intercambiar unas líneas de chat ella no lo hace, solo pasa cuando quiere ella, solo cuando se le antoja- el doctor tan acostumbrado ya a ver estos casos casi diariamente le dice con sinceridad.
-Muchacho, estas cosas pasan siempre. Escucha y responde con sí o no: ¿cuando la llamas o le hablas por internet siempre te contesta?
-No- responde mientras entra la enfermera acompañada de una segunda doctora que trae consigo un maletín.
-¿Tienes que insistir muchas veces para poder verla?- El doctor saluda a su colega quien ríe al escuchar la pregunta.
-Sí-
-De los siete días de la semana, ¿son más los que crees que no le interesas para nada?-
-Sí- Gabriel se sorprendió por lo rápido que respondió a eso.
-Ya basta doctor no lo torture- le dijo la doctora sonriente.
-Muchacho- saluda a Gabriel – soy la doctora Lamarca, lepidopteróloga. Luego de presentarse saca de su maletín una linterna con una pequeña pantalla montada a ella.
-Mira esto- le indicó al paciente. Lamarca encendió el aparato e iluminó el estómago de Gabriel. Tras indagar por unos segundos giró la lámpara para que él pudiera ver la pantalla.
-¿¡Eso está dentro de mí?!- grita Gabriel espantado por la visión de su interior.
-Claro, claro ¿esto lo explica no?- los cuatro del box estaban agolpados viendo en la pantalla cómo un montón de polillas de aspecto tétrico se devoran el estómago de Gabriel.
-¿Has oído eso de mariposas en el estómago? Pues bien, esto pasa cuando las dejas mucho tiempo dentro sin correspondencia- le explica la doctora –lo que vamos a hacer ahora es extraerlas ¿te parece?- Gabriel asintió como cualquier paciente indefenso entre su enfermedad incomprensible y el único ser que parece poder solucionarlo.

Lamarca sacó de su maletín un segundo aparato, una caja de metal. Desde una de sus caras nacía la boca ancha de un embudo que terminaba en una delgada jeringa. En la cara contraria se notan una serie de botones alrededor de una pantalla como la de la lámpara. La enfermera toma un frasco negro de una estantería del box, derrama povidona en el estómago de Gabriel y a continuación esparce el líquido café por toda el área con la ayuda de un algodón. Luego de un “no te preocupes, no dolerá” la doctora inserta la jeringa a un costado del ombligo de Gabriel quien comienza a sentir como si un dedo escarbara sus entrañas. El procedimiento duró cinco minutos.
-¿Cómo te sientes?- preguntó Lamarca mientras la enfermera le tocaba la frente.
-Bien, extrañamente bien- y hacía un curioso esfuerzo por recordarla, a quien lo tenía así y a pesar de lograrlo en su mente ya no sentía ni desolación ni falsas expectativas.
-No te preocupes- le dijo el doctor quien de pie observaba todo –todos los pacientes hacen lo mismo, tratar de recordar. Pero ese recuerdo esta siempre ligado al estómago y como ya te extrajimos todo del estómago la conexión se perdió-
-Ya te puedes ir- le anunció la doctora volviendo a guardar sus instrumentos.

Ambos doctores salen del box dejando a la enfermera con Gabriel para los detalles del cuidado posterior.
-¿Qué haces con eso después?- pregunta el doctor a Lamarca refiriéndose a las polillas ahora atrapadas en la caja de metal.
-Quemarlas, qué más- ríe de buena gana hasta que ven pasar una camilla al box de trauma.
-¿Viste a esa pobre Lamarca?-
-Venía llorando a mares, mejor voy- y afirma con fuerza su maletín lista para salir corriendo.
-¿Estás haciendo de cardiopista también?-
-Es Febrero y con tantos de vacaciones hay que hacer de todo- responde mientras sale corriendo detrás de la urgencia.

-Vaya locura- reflexiona el doctor caminando hacia la sala de espera a atender los casos menos urgentes. Antes de llamar al siguiente echa una mirada a todas esas almas atacadas por la misma enfermedad pero presentándose de tantas maneras diferentes.
-¡Francisco García!- llama en voz alta y desde el fondo de la sala se para un tipo con una melena que le cubría toda la frente.
-¿Cuál es tu problema muchacho?- le pregunta el doctor y en vez de responder el joven paciente levanta el pelo de su frente y le muestra la foto de una bella mujer que por más que lo ha intentado no ha podido despegarla de ahí.
-Tranquilo, no nos demoramos nada- el pobre caminaba apenas.
-Enfermera- dice el doctor a una mujer de blanco cuando se la encuentra camino al box –traiga el kit de pictodectomía. Al escuchar tan aparatosa palabra el joven de pelo largo se detiene por el susto.
-Tranquilo hombre, te la vamos a sacar de tu cabeza y problema solucionado-