OCACIONALMENTE ALGO INTERESANTE

jueves, 15 de marzo de 2018

Caja de Juguetes


Rincón de los Relatos 

Peluches por un lado, muñecos de acción por el otro. El control de la caja de juguetes en juego donde el perdedor quedaría desterrado por siempre en el piso alfombrado de la sala del segundo piso donde las niñas gigantes y sus pies sudorosos lo han recorrido hasta el cansancio, convirtiéndolo en un pantano fétido, húmedo, inhabitable. Teddy E. Oso, general en jefe de los peluches, arenga a su batallón con fuerza montando al pony más blanco de la colección de los blandos juguetes “¡nos creen débiles por nuestra consistencia!” grita golpeándose el pecho hundiéndolo hasta llegar a su espalda “¡Se quieren apoderar de la caja porque se creen modernos, mejores, superiores!” y con su mano apunta al otro lado de la habitación donde la armada de muñecos ordena sus filas “¡la fuerza no lo es todo, nuestro espíritu los aplastará y su confianza será nuestro triunfo!” “¡Uh, uh, uh!” coreaban todos al unísono “¡Derretiremos su piel de plástico y quemaremos sus ropas de genero! ¡Al ataque!”. Cautivados por las palabras de su líder, comenzaron a marchar con la decisión del que ya ha ganado.

“¡Compatriotas!” Maximus Steel de Mattelia, príncipe de los muñecos de acción, es un líder indiscutido y sus palabras son sinónimo de sabiduría, fuerza y esperanza “¡no se dejen engañar por sus caras tiernas y su relleno espumoso, vienen decididos a quitarles lo que les pertenece!” dice apuntando a la caja de juguetes arrinconada al centro de la pared adyacente “¡en sus articulaciones flexibles, en sus accesorios que se venden por separado, está la fortaleza para vencer a esos animales de felpa!” el mismo levantaba su metralleta hecha del mejor plástico que se puede producir en Taiwán “¡qué no les tiemble la mano! ¡la caja es vuestra!”. Casi todo el batallón de muñecos de acción salió corriendo al encuentro con los peluches en el centro del campo de batalla. El resto, levantaba sus pistolas al aire para prepararse a disparar.

Decenas de flechas plásticas con succionadores en sus puntas volaron por los aires buscando víctimas de peluche. El general Teddy, estratega de vasta experiencia, gritó “¡Kongo, Kongo!” y un enorme gorila negro con el rostro sonriente y un corazón en sus brazos, salta del batallón y coloca su espalda hacia el cielo para recibir todas las flechas y proteger a sus compañeros. Veloces jirafas de espuma corrían hacia los lados para atacar por los flancos pero desde el frente, intrépidos robots se convertían en vehículos de guerra y rodaban su encuentro. Por el centro los osos de peluche en una fila perfecta inflaban sus pechos para recibir los primeros golpes y por detrás, los canguros enfilados para saltar por encima de la protección para atacar desde arriba y por el centro Maximus y sus tropas como lanceros en un torneo corrían con sus accesorios de armas plásticas con la punta hacia delante para mellar la defensa contraria y por detrás las más ágiles guerreras de la historia, conocidas como “las Bárbiaras”, y sus múltiples funcionalidades serían un verdadero problema para los enemigos.

Cada paso bajo el piso alfombrado de la sala, escenario de la guerra, les recuerda las consecuencias de la derrota. El exilio en ese pantano infernal sería intolerable y bien valía perder la vida por evitar aquello. Bien lo supieron los impulsivos canguros de peluche cuyo salto solo significo recibir toda clase de golpes y maniobras de las Bárbiaras, entrenadas en diversas profesiones y sin embargo no les fue suficiente contra la incontrolada violencia contradictoria de los perros y sus rostros amorosos y volaban por los cielos la espuma y los brazos desencajados y las arengas de los líderes y el desfile de gatos peludos y monos acróbatas y superhéroes articulados y robots de plástico rígido y la vorágine al centro de la batalla llena de ¡clacs! por las partes desprendidas y ¡jasss! por las costuras desechas. El número de valientes guerreros disminuía rápido al punto de quedar tan solo unos cuantos luchando y luego dos, Maximus y Teddy frente a frente uno sin sus pepas negras que hacían de ojos y el otro con la mitad de sus articulaciones originales. Cansados, abatidos y sobretodo sobrecogidos por la horrible imagen de la sala alfombrada repleta de la pestilencia del plástico muerto, del género roído y de la transpiración y la sangre de los valientes.

Sin decir una sola palabra se rindieron el uno ante el otro. Juntos se proclamaron faraones de la caja de juguetes y con el tratado de paz firmado cada uno se repartió la mitad del nuevo imperio. Solemnemente caminaron hacia sus dominios, escalaron hasta la tapa y entraron cada uno a su mitad. El espacio dentro era enorme, el doble o el triple incluso del que podía apreciarse desde afuera. Teddy y Maximus miraban hacia arriba desde el fondo de la caja parados cada uno en su propio extremo y no podían siquiera comprender lo inconmensurable de las tierras legadas por sus victorias en el campo de batalla. Ambos pensaron que el espacio sobraba, que muñecos y peluches pudieron vivir allí sin siquiera llenar la caja hasta la mitad. Pero nunca lo dirían. Su imperio dependía de ello.


jueves, 8 de marzo de 2018

El Ángel De La Ciudad Subterránea


Rincón de los relatos

Decían que su pálido rostro parecía venir de los más altos edificios sobre las plataformas flotantes de Aería. Decían que en sus verdes ojos crecían extensos y prístinos prados del mundo de arriba y decían que sus cabellos eran dorados porque el mismo sol lanzó su luz directo hacia ellos. La leyenda de Ferina recorre las galerías subterráneas de Sentra de cuando en cuando como símbolo de que incluso las barreras más imposibles pueden ser traspasadas. Sin embargo, Ferina se creía no ser más que una historia en los cuentos infantiles donde los niños nacidos en las entrañas del planeta-ciudad podían soñar con ver la superficie y más aún, llegar a ver los hermosos jardines de la ciudad de los cielos.


“Ferina nació en la última caverna en que llegaba un halo de luz solar que se apagó luego de caer justo sobre su cabeza liberando el ámbar en sus frágiles cabellos. Sus padres, obreros de la sal, trabajaban día a día pensando que algún día podrían ser tan afortunados como para poder enviarla a Surfís, la ciudad de la superficie.”

La leyenda permitía a los niños conocer desde pequeños su posición en la implacable vida del planeta Sentra y sus tres capas sociales.

“Al crecer Ferina, sus ojos se tornaron verdes porque esa luz ínfima le permitió ver las copas de los árboles en lo alto de Aería, la ciudad de los cielos.”

Usualmente los bellamente ilustrados libros de la leyenda vienen con el dibujo de un enorme árbol frutal en este pasaje. Desde hace cinco generaciones que la gente de las galerías subterráneas aprenden lo que es un árbol con ese dibujo y hasta la muerte, solo conocerán la versión de las frondosas hojas verdes con frutos rojos colgando divertidamente de sus ramas.

“Nadie desconocía a Ferina, su belleza era imposible en el submundo. Todos querían a Ferina, su ternura parecía venir desde las nubes de agua más allá de la vista de cualquiera en Uterra, la ciudad bajo tierra.”

Al llegar a esta parte no hay niño que no mire al techo de sus casas. Darse cuenta que el suelo esta sobre sus cabezas es el principal proceso social que un uterrano debe experimentar. Ese es su límite, no hay fuerza que destruya esa barrera. Incluso los niños de la superficie pueden mirar directo al cielo y soñar con éste pero la imagen de lo ilimitado, lo infinito, no pasa más allá de las elucubraciones para un uterrano.

“En su adolescencia, Ferina tenía sueños. Sueños celestes. Sueños de un cielo sin fronteras, sueños de amplitud eterna. Su pesadilla era despertar bajo el aroma tierra seca y metales pesados encerrada en su pequeña casa al final de una de las laberínticas galerías del subsuelo. No podía más, no lo soportaba, se jalaba sus cabellos dorados implorándole al sol dejarle ver su rostro una vez más y entonces, en un despertar, salió de su casa corriendo a toda velocidad con toda seguridad de la dirección final.

Corría y corría y corría.

Kilómetros y kilómetros después llego a una pared de sólida roca y gritó y gritó con tanta fuerza que agrietó la muralla frente a ella y gritó y gritó y la tierra tembló, toda Uterra tembló y toda Surfís tembló y las plataformas de Aería vibraron por los aires agitados.

Llovía en Surfís y con los brazos estirados, Ferina recibió a la superficie sobre su cabello del cual empezaron a creer hojas tan verdes como sus ojos y el rojo furia de su vestido se reveló ante la luz de sol.”

En el clímax de la leyenda los niños igual toman su tiempo en mirar sus uniformes cafés, estándar para la ropa bajo tierra como si la gente se tuviera tanta lástima que prefiere mimetizarse con su entorno a toda costa.

“Ferina siente en sus hombros la vastedad del universo y mira hacia el cielo para encontrarla cara a cara. Allá arriba divisó la más fantástica de las visiones. Las blancas plataformas flotantes de Aería dejaban ver las mágicas aspas encargadas de limpiar el aire contaminado del planeta y sobre ellas, sobre ellas las mansiones de las grandes familias del planeta Sentra, rodeadas de verdes prados y hermosos y coloridos jardines. En ese momento la lluvia cesa, los cielos se abren y el sol se deja ver en toda su realeza aurea.

Ferina lo mira directamente, y lo mira y lo mira hasta perder la vista por gastar los placeres de toda una vida de visión a cambio de segundos de admirar al rey de los astros. Ni en la ceguera total Ferina se sintió tan atrapada en la oscuridad como en las cavernas de su hogar. Supo que jamás volvería y entonces corrió tan fuerte como pudo para dar un salto para tratar de aterrizar junto al inmenso árbol de frutas rojas. Y lo hizo, despegó del suelo está vez dejándolo bajo sus pies y en lo más alto de su salto, un saeta de fuego atravesó su sien. Ferina se convirtió en la última personas de las galerías que los surfisianos permitieron en su mundo, se convirtió en la última en dejar atrás el mundo bajo el suelo.”

En la penúltima ilustración de la leyenda, que acompaña a este párrafo, se ve a Ferina siendo asesinada por la policía de Surfís cuya cólera contra los uterranos se manifiesta en ese simple y certero balazo hacia la cabeza de la leyenda. Es ahí cuando los niños aprenden que salir a la superficie es muerte y que la última vez que verán a una mujer con los ojos verdes y los cabellos dorados será en el último dibujo de la leyenda de Ferina.


jueves, 25 de enero de 2018

Las 7 y 30 De La Mañana Del Viernes

Rincón de los relatos

Daban la medianoche y yo aún caminando bajo la lluvia incesante del pleno invierno, pensando en todo lo que tenía que hacer al día siguiente y al siguiente pero con más fuerza recordaba con un relámpago de nostalgia todo lo que no había hecho ese día y al día siguiente y al siguiente. Ir después del trabajo a juntarme con el club del póker significó dejar de ver a Viviana al menos hasta mañana cuando ignoraría por completo las invitaciones de mis padres a cenar a su casa con la excusa de que al siguiente día si podría y otra vez y será para otra ocasión muchachos del bar y la junta en la plaza con mis ex colegas del colegio, eso quedó para una otra ocasión mucho más distante. Las doce y diez, tantas cosas que se pueden pensar en diez minutos y tan pocas que se pueden hacer en la vida real. Justo llegando a la puerta de mi departamento y esa idea que empieza a florecer, también para mañana y quizás tampoco.

Espero que algún día inventen un aparato que te deje limpio y seco en un par de segundos o una pastilla que te lave los dientes mientras haces otras cosas, tabletas alimenticias que aporten lo necesario para dejar de cocinar y calentar o me encantaría un auto que se condujese a velocidades alucinantes incluso al límite de las reglas físicas para no tardar en llegar al trabajo. Tanto tiempo perdido entre banalidades absurdas, inhumanas. Qué frustrante es empezar el día en la oficina esperando que se encienda el computador y que la innecesariamente aparatosa máquina de café termine de preparar un simple expreso. Anacrónico a esta altura teclear mis pensamientos en vez de pasarlo directo a la pantalla y cuánta lentitud el internet siendo lo último en vanguardia. Si tan solo hubiera más tiempo o avanzara más lento.

Es frustrante pero me resistía a sentirme así. Indagué en lo más profundo de internet y en los más bajos de los mundos hasta dar con un resultado totalmente inesperado. No lejos de mi oficina, instalada torpemente en el distante del suelo piso 16, una tienda de electrónicos ofrecía un extraño producto que solucionaría mis problemas. Después de desembolsar una suma de dinero interesante me hicieron entrar por una puerta oculta en el suelo tras el mostrador. La destartalada tienda quedó atrás para dar paso a una lujosa habitación de paredes blancas y sillones de cuero. Sin más, un sujeto me colocó a la muñeca un reloj de pulsera. Me indicó presionarlo con la palma de mi mano y cuando lo hice, todo se congeló, el tiempo se detuvo. Al presionarlo de nuevo el sujeto volvió a la vida y me hizo una única advertencia.

El costo de para el tiempo es que yo seguía “envejeciendo” pero el beneficio es demasiado valioso para preocuparme por eso. Tan solo unos minutos al día me darían el aire suficiente para poder hacer todo lo que quisiera. Se acabaron entonces los largos viajes en mi motocicleta porque ahora podía recorrer los caminos y autopistas pasando entremedio de vehículos totalmente detenidos y sin que transcurriera una sola milésima de segundo. Lo disfruté por mucho tiempo y luego comencé a hacer otros ajustes. Cualquier caminata por mínima que fuera me tomaba lo que un picaflor demora en completar un aletazo, nunca más me atrasé con un reporte en el trabajo y no volví a llegar tarde a ningún sitio.

Luego de meses de usar el reloj tuve la idea que lo cambiaría todo. Detuve el tiempo antes de dormir y lo volví a hacer correr al despertar. Me sentía tan descansado y al mismo tiempo satisfecho de descubrir que no necesitaba perder mi tiempo durmiendo y por lo tanto tampoco comiendo ni pensando ni siquiera poniéndome la ropa. Los días se hacían placenteramente eternos, lo lograba todo, podía hacer lo de una semana en un día y lo de un mes en una semana.

Y lo de un año en un día y lo de una década en unas horas. No me di cuenta cuando según mi percepción pasaron meses y meses sin ver la noche y otros tantos sin ver el día hasta que llegué al último límite, al deseo de hacerlo todo, todo cuanto pudiera y llegar a todas mis metas y cumplir todos mis deseos y no esperar más un solo segundo y detuve el tiempo un día viernes a las 7 y 30 de la mañana para sentir que nacía de verdad. Mientras el mundo estaba congelado yo era su emperador, el dueño del espacio y la temporalidad me sentí poderoso, invencible pero solo estaría totalmente en control si dejaba la tentación de lado. Me saqué el reloj de la muñeca y lo destruí de un solo martillazo. Sus piezas volaron por varios kilómetros por la fuerza del golpe que no tardo una sola pizca de tiempo en viajar del aire hasta el brutal impacto.

Seguí envejeciendo y envejeciendo y envejeciendo. Nunca me aclararon que para morir se necesita el tiempo, al menos un instante para diferenciar el momento de la vida y la muerte y por tanto soy un ser eterno y duradero hasta que encuentre la manera de volver a activar el reloj para lo cual tengo todo el tiempo que jamás habrá disponible. He recorrido el mundo buscando una copia del reloj pero creo que soy el único. Tampoco hay nadie aquí, nadie atrapado en este estado sin horas, están todos petrificados en lo último que estaban haciendo.

Y yo sigo aquí. Son y siempre serán las 7 y 30 de la mañana del viernes con todo el tiempo del mundo. Sin nada que hacer.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Torres


Emergieron violentas de los suelos alcanzando en segundos una altura tan inalcanzable que a pesar de ser sólidas y espigadas se arqueaban casi apuntando a cada uno de nosotros. La perplejidad fue total. Las ciudades más grandes del mundo se vieron rodeadas por estas estructuras imposibles cuya única atribución posible viene más allá de los límites de nuestra vista. ¿Sería este el fin del mundo? ¿la invasión alienígena tan anticipada? ¿una más que extraña anomalía geológica? Las especulaciones del primer día de sus apariciones se vieron rápidamente aplastadas al llegar la noche cuando miles de luces comenzaron a iluminar pequeñas ventanas en las torres y a dejar claro que no estaban vacías sino repletas de vida nunca antes contactada.

Como si Hollywood siempre hubiera tenido razón, aviones, tanques y soldados se aproximaron a las torres en esperanzas de hacer conexión y recabar algún pedazo de información útil. Los soldados no encontraron puertas, los aviones vomitaban metralla que las torres absorbían como esponjas, los tanques ni siquiera pudieron mermar un ápice de las estructuras. Siguiendo con la lógica humana, solo entonces vinieron los intentos de comunicación. Pero ni a gritos, ni a señales de luz, ni a frecuencia modulada respondían desde las torres impávidas brilando bajo el sol a pesar de ser intensamente negras.

Científicos civiles, locos y de los otros, conseguían llegar cada vez con mayor facilidad a las zonas de las torres a realizar sus propias investigaciones sin embargo sus conclusiones terminaban en una hilera interminable de especulaciones. Cuando se descartó como evidente el peligro, todas las personas podían acercarse a los pies de los rascacielos a admirarlos, a sacar sus propias conclusiones y luego a rendirles culto, deificarlas, escalarlas hasta el máximo, se crearon pequeños comercios alrededor y paseos turísticos bien informados. Enfermos de toda clase acudían a recibir los milagrosos influjos de los reflejos nocturnos de las torres y psíquicos y quirománticos llevaban sus carismáticas adivinaciones junto a los negros muros del acero más duro jamás conocido.

Se va a cumplir un año desde que convivimos con las torres y nunca ha pasado nada salvo la iluminación por las noches. Los espacios en los noticieros ya han dejado de hablar de ellas, los militares han retirado sus puestos de vigilancia y los turistas han volteado hacia otras atracciones. La vida volvió a ser normal, incluso las torres se volvieron normales. Yo mismo solía mirarlas todos los días, primero con pavor, luego curiosidad y finalmente creo que como todos ya no me doy cuenta de su existencia. Ya ni siquiera se habla de ellas, ni una conversación matutina, ni un niño mirándolas con el asombro de un ignorante, nos hemos acostumbrado hasta a la sombra que proyectan durante el día. En los diarios del día destacaba una joven modelo que había sido vista sin maquillaje y en la oficina el tedio habitual inundaba los puestos de trabajo. ¿Mañana? trece grados la máxima, en el promedio de un día nublado en Agosto.

Parecía que esperaban este momento. Como pastizales arrancados del suelo, las torres despegaron hacia el cielo sin hacer un solo ruido. Mientras surcaban los cielos sobre nosotros, explotaron en miles de pequeñas cajas negras sin fondo cayendo rápidamente hacia el suelo para dejarnos atrapados entre sus paredes divididos en grupo pequeños de no más de diez personas. ¿Quién sabía cómo romper las estructuras? ¿quién sabía cómo escapar de ellas? Todo lo que sabemos son las millas de la tarjeta de crédito que necesitamos para visitarlas en verano y que puede o no que te cures del cáncer al estar cerca de sus murallas negras pero dudo mucho que esa sea la preocupación de un diagnosticado ahora.

A mí y a un grupo de personas nos rodean cuatro muros hasta ahora sin techo el cual comienza a cerrarse lentamente, a velocidad de despedida. Apenas quedamos completamente a oscuras, todo el cubo de transparenta y nos deja ver como nuestra ciudad desaparece sin ningún efecto especial, sin explosiones ni escombros ni fuegos de artificio. En cosa de minutos no queda nada, ni siquiera caminos, ni siquiera una tapa de alcantarillado, ni siquiera un rastro para ser descubiertos milenios más tarde por arqueólogos experimentados.

En cosa de horas se levanta su nueva ciudad. Pulcras edificaciones de cristal, autos voladores que recorren los cielos con sus estelas de rojo y fuego, parques y prados por doquier y alrededor nuestro empiezan a asomarse criaturas a observarnos con curiosidad. Todos corremos hasta la muralla transparente y gritamos por ayuda pero parece ser que no nos ven, no nos oyen, por fuera las paredes siguen siendo intensamente negras.

Todos los días lanzan un gas al interior de la prisión que aparentemente es lo que nos mantiene sin sed, sin hambre y entregados en paz a no tener destino. Por fuera, decenas de criaturas llegan con diferentes y extraños aparatos, golpean la muralla, expelen sonidos intraducibles y vuelven al día siguiente con otros adminículos, con la cara llena de alegría a pesar de no hacer contacto con nosotros. Están llenos de ganas de saber qué hay del otro lado y hasta ahora, ninguno se ha puesto a vender chocolates a precios rebajados o pequeñas figuras de colección de los cubos negros para la buena suerte.



Una de las criaturas, que taladra por fuera con una especie de láser verde, descubre que no hace mella en la estructura pero al poner su mano en la zona donde ha trabajado siente un calor tan intenso que grita del dolor. Tiempo después, todos los autos voladores emitirían un resplandor verde al navegar.

martes, 14 de febrero de 2017

Constante

Rincón de los Relatos
La batalla estaba perdida desde el principio y por suerte un manojo de rebeldes lo sabía. La fructífera perla azul arrancaba su brillo eterno con manos rabiosas, ínfulas de diosa invencible y determinación avasalladora. Preocupados del brillo de nuestros propios reflejos nos fue imposible si quiera darnos cuenta del casi fatídico final de nuestro otrora hogar y tuvimos que correr por primera vez con los depredadores a nuestras espaldas. Heladas infernales y crudos veranos, volcanes con precisión milimétrica y grietas engulléndonos famélicas, desiertos quitándonos el agua de las manos y tormentas de nieve rancia, todos nos obligaron a salir disparados hacia el espacio sin ningún rumbo ni destino más que seguir la marcha y agradecer día a día poder levantarnos para seguir la marcha un día más. Y otro día y mes y año y décadas y siglos.

 Así al menos es la historia porque los recuerdos de épocas antes de nuestro huevo metálico en el espacio se han perdido casi todos y los que quedan están rodeados de misticismo e incredulidades. Ese pasado impreso en los suelos de la Tierra donde se cuenta que el cielo a veces era azul y a veces verde, de jornadas eternas bajo una estrella placentera, incluso se dice que los niños agarraban tierra a puñados para comer de la misma fuente como si sospecharan que era un platillo tan exclusivo, tan infinitamente delicioso. “Algún día llegaremos a probar uno igual” me dice Jofisena mientras trotamos por el sendero de la plaza visiblemente exhausta por mi actitud depresiva.


Antes era un recuerdo lejano, de cuando le hacía preguntas incómodas a mamá “¿de verdad los árboles salían solos del piso?”, “¿de verdad tenían lagunas kilométricas?” “¿de verdad podías viajar por días sin recorrerla por completo?” y cosas así. Cuando preguntaba sobre los puñados de tierra solía decirme “Tranquilo, vamos derecho para allá. Además dicen que tenía mal sabor” como creerle algo así si todos los niños lo hacían. La voz de mi madre se pierde con todas las personas que me han dicho lo mismo. Cuando la cúpula de la nave comienza a simular el amanecer lo primero que todos hacemos es mirar por las ventanas y verificar que todo siga negro. Eso nos calma, nos dice que seguimos en camino.


Mientras más crecía y más responsabilidades adquiría me fue importando menos el asunto de la tierra y los amaneceres sintéticos. Con mi mente ocupada en la academia de ingenieros mecánicos y luego en mis primeros empleos empecé a buscar las maneras de hacer mejor mi trabajo, de ganar más dinero para comprar un departamento en la punta de la nave, de ascender a jefe de ingenieros y luego: ver crecer a mi hijo para convertirse en ingeniero y en jefe de ingenieros todo más rápido que yo,  ocupar mi tiempo libre en el trote o en el fútbol, emborracharme con mis excompañeros de academia. Empecé a mirarme al espejo más seguido, no soportaba ganar peso o verme con ojeras o perder el cabello y llené mi calendario de sesiones y ejercicios y eso es lo primero que hago en la mañana y lo último al despuntar la Luna virtual. Hace muchísimo tiempo dejé de mirar la ventana al espacio exterior.

“La nave va hacia allá hijo” a pesar de que han pasado 40 años de su muerte sueño con la voz de mi madre prometiendo el puñado de tierra al final del camino. Es algo reciente, ahora que estoy retirado viviendo solo en mi enorme departamento a metros del gran ventanal del frente de la nave. Cuando era niño quería que viviéramos aquí para ser los primeros en ver el nuevo planeta. Cuando lo conseguí ya no era el mismo, estaba contento por escapar de los pedestres barrios pegados a los enormes y ruidosos motores traseros. El aire sintético me parecía más limpio de este lado del mundo.

“La nave va hacia allá hijo” estoy seguro será lo último que escuche antes de morir. Hasta entonces, saldré todos los días de mi casa recorriendo a pie los 20 kilómetros de largo de la humanidad sobreviviente hasta llegar a la muralla metálica que nos separa de los motores. Soy el único ahí, sentado escuchando el constante sonido del viaje, el bramido del homo sapiens en medio de años luz de nada.

Acá se escuchan fuerte pero he notado que el rumor de los motores se oye hasta la punta de la nave. Es lo que nos mantiene con vida. Saber que los días siguen pasando. Los motores continúan encendidos. La nave nunca detendrá su avanzar constante. Por los siglos de los siglos.