OCACIONALMENTE ALGO INTERESANTE

viernes, 2 de noviembre de 2007

Reemplazos

Rincón de los Relatos
Mi universidad, mi carrera de ingeniería comercial, está siempre sumida en una discusión entre los intelectuales de la economía y los de la administración en torno a si se debe o no dar más énfasis a la parte matemática de la formación profesional. Aquellos académicos defensores de la matemática creen en formar personas más estructuradas y de líneas de pensamiento más organizadas. Por ahora, sólo una discusión.

Han pasado veinte años desde que egresé, quince desde que la postura de los matemáticos triunfó. La verdad nunca le tomé importancia pero hoy me di cuenta de cómo resultaba la nueva visión. Me tocó entrevistar a recién egresados para el programa "trainee" de la empresa. Llegó un postulante de mi querida Universidad de Chile.
- Buenos días – le dije.
- Buenos días – contestó automáticamente. Se sentó y tomó una postura perfecta, parecía esmerarse en que sus piernas quedaran a la misma altura y su espalda y tronco rectos al apoyarse en la silla.
- ¿Eres recién egresado no? – revisaba su curriculum, sabía la respuesta pero quería romper el hielo.
- Si señor, hace dos punto siete meses – “¡dos punto siete meses!” quedé estupefacto con aquella respuesta más propia de un autómata que de una persona. Interesado en el sujeto quise pasar de inmediato a la parte más relajada de la entrevista.
- ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? – trate de poner mi voz y actitud lo más amigables posibles.
- Juego tenis, golf, practicar idiomas, computación, leer el diario financiero – y sin más se quedó en silencio. Extrañamente parecía que sus hobbies eran totalmente transferibles al trabajo de un ejecutivo. Pero su mirada, fija, sin inflexiones, sin emociones, no decía nada y hasta intimidaba hasta cierto punto. Me atreví a seguir la entrevista.
- ¿Cuáles crees que son tus mejores habilidades? – una clásica en las entrevistas laborales.
- En mi carrera tenemos una gran base matemática, eso me permite no sólo ser eficiente en mi trabajo sino también estructurado, ordenado, pulcro y meticuloso – y no fue una clásica respuesta. Respondió como si hubiese tenido el discurso preparado de un principio con exactamente las cosas que yo quería escuchar. Su mirada era metálica, gélida, sin ninguna facción distinguible. Daba la impresión de que su cuerpo no se había movido en lo más mínimo en toda la entrevista.
Unas cuantas preguntas más y un par de test lo dejaron adentro de la empresa. Después de todo reunía todos los requisitos.

Recordar esa entrevista veinte años después resulta divertido. Luego de él, entrevisté a muchas personas más de mi universidad y todos me daban las mismas respuestas y sacaban los mismos resultados en los test. Poco a poco aquél ejecutivo dinámico, creativo, poco predecible, fue siendo reemplazado por este nuevo tipo de gerentes, más eficientes, concentrados en el trabajo, más rentables. Siento ser un iniciador de ese cambio. Pero hay algo que no anda bien. Ya estoy viejo pero el mundo empresarial parece también estarlo. Cuando era joven, el mundo empresarial era una vorágine espacial. Todo cambiaba tan rápido que en un pestañeo te quedabas atrasado en las novedades, la gente sonreía, la gente inventaba, la gente soñaba, la gente creaba. Ahora la juventud es una especie de maquinaría que ensambla y ensambla piezas sin cesar. Los pasillos de la oficina parecen estar controlados por un cronómetro, todos circulan al mismo ritmo, teclean sus computadores en sincronía perfecta, sus voces suenan iguales, las ideas siempre coinciden, se perdió ese espíritu de camaradería que alguna vez hubo pues de los pensamientos discordantes y las personalidades distintas nacen las amistades en las oficinas. Te obligan a estar más tiempo con el otro.

Mi nieto llegaba a casa. En cierta forma siguió mis pasos. Aunque no entiendo bien la dinámica de las empresas modernas su puesto es el equivalente a un gerente de personal de mis años. Por suerte no permití que entrase a la carrera de ingeniería comercial de mi facultad y le insistí que entrara a alguna de las universidades privadas nuevas que impartían una carrera más liviana, sin esos ramos llenos de fórmulas y deducciones lógicas.
- ¡Cómo estuvo el día José! – le pregunté apenas le vi el rostro cansado pero aliviado típico del viernes.
- Lo de siempre abuelo, supervisar a los trabajadores, contratar nuevos, dar finiquitos, reuniones… ¡Ah! – recordó de pronto – hoy si pasó algo interesante –
- ¿Interesante? ¿Qué pasó?–
- Llegaba de la hora de almuerzo y al salir del tubo neumático noté que en la oficina faltaba algo. Agucé el oído y era un teclear que dejó de sonar. Me acerqué al cubículo de donde el ruido ya no venía y adivina qué: el estúpido robot había caído al suelo, estaba de costado pero aún moviendo los dedos para teclear el computador ¡jajaja! – mi nieto se reía de buena gana del autómata.
- Menos mal – continuó – que soy el único humano en la oficina porque así nadie se entera que por salir a almorzar descuidé a uno de los robots -

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