
Desde el comienzo del conflicto Nancy y Roberto compartían el mismo bunker, pasaban día y noche juntos como si fueran un matrimonio cuando la realidad es que se conocieron cuando se les asignó aquel refugio. Un día Roberto dijo con una decisión inapelable:
- Mi amor, es hora de escapar de aquí –
- Sabes que es imposible Roberto. Todo el planeta esta bajo ataque, no hay donde ir – respondió Nancy con la misma desesperanza de hace tres meses atrás, la última vez que pudieron salir del encierro subterraneo.
- Podemos ir al espacio – planteó
- ¿Al espacio?, para eso necesitas una nave y las únicas que hay son las de esos malditos Astraenos –
- ¡Mira! – le dijo mostrándole un papel con planos hechos por él con el entusiasmo de un niño.
- ¿Esto que es? –
- Son los planos para una nave, te voy a construir una para que salgamos de aquí y vivamos en paz al otro lado de la galaxia – reveló su plan mientras miraba al techo del bunker como mirando las estrellas.
- ¡Eres un idiota! – gritó furiosa mientras escondía su lagrimoso rostro entre las manos.
- Mi amor, la construiré con lo que tenemos en la bodega. Créeme, lograremos escapar – continuaba Roberto.
- ¿¡Y con que mierda la vas a construir!? – chilló descontrolada, - ¡En esa bodega no hay más que latas oxidadas y cables roñosos! – Nancy tenía el rostro hinchado, estaba ya rendida hacía mucho tiempo y que Roberto hablara de construir una nave de escape había desatado toda la ira guardada en su corazón.
- Pero Nancy… -
- ¡Pero nada! ¿¡Por qué rayos no aceptas que todo terminó!? Lo mejor que podemos hacer es mantener la esperanza de que una bomba nos mate sin que lo notemos – las duras palabras de Nancy no cambiaron la mirada esperanzadora de Roberto y aunque no siguió la discusión de aquel día, sí se puso manos a la obra con la construcción de su nave de escape.
Todos los días Nancy lo miraba trabajar, con ojos incrédulos y actitud pesimista. “Que mas da, si ya no hay nada que hacer” justificaba para sí misma la infantil actitud de su compañero de refugio.
Diez días después Roberto conectaba los últimos cables.
- ¡Finalmente! – exclamó con orgullo mientras se paseaba alrededor de su pequeña nave que cubría un poco más de la mitad del bunker, lo suficiente para llevar a dos personas sentadas.
- ¿Finalmente qué? – preguntó Nancy con indiferencia.
- ¡La nave! Esta lista para partir – anunció con alegría.
- ¡Vaya si eres un torpe! ¿Cómo vas a sacar esa cosa hacia fuera si apenas nosotros pasamos por la escotilla del bunker? – hizo notar Nancy.

- No la voy a sacar por ahí, esta nave tiene motores hiperespaciales. Nos teletransportará desde este mismo bunker hasta el otro lado de la galaxia – explicó Roberto con una convicción que hubiera atrapado a cualquiera. Pero no a Nancy.
- ¡¿Acaso te golpeaste en la cabeza!? ¡¿esa chatarra entrando al hiperespacio?! – dijo apuntando la nave con el dedo y riendo a carcajadas, las más burlonas que una mujer pesimista puede lograr. Pero a Roberto parecía que las palabras de Nancy no llegaban a sus oídos. Seguía con esa sonrisa triunfadora y llena de esperanza.
- ¡Mi amor! ¡Escapemos ahora! ¡No perdamos el tiempo! – le animó. Esa convicción tan profunda demostrada por Roberto hizo callar a Nancy y como rindiéndose aceptaba la invitación de su compañero.
Ambos estaban sentados al interior de la pequeña nave. Nancy extrañada y confundida por la fe que Roberto tenía en el juguete que construyó. Él, en cambio, estaba lleno de energías apretando botones, ajustando cables y mirando su cintoreloj.

- ¡Prepárate! Son las 14:44 hora galáctica, a un minuto del encendido de motores – decía Roberto mientras parecía realizar los últimos ajustes. Nancy lo miraba con algo de tristeza al tiempo que se preparaba para consolarlo luego del rotundo fracaso del escape.
- ¡14:45! ¡Motores encendidos! – Apenas dado ese anuncio se escuchó una estruendosa explosión acompañada por un relámpago de luz blanca proveniente desde atrás de la nave, donde estaban los motores.
- ¡¿Qué fue eso!? – se agitó Nancy asustada.
- ¡Los motores hiperespaciales se han encendido, ahora podemos irnos! – le dijo Roberto a su incrédula compañera mientras la miraba con los ojos en lagrimas. Nancy también lloraba. Estaba feliz porque ahora viviría en paz con Roberto en algún lugar pacífico, lloraba agradecida de él por seguir su sueño y no hacerle caso a sus estúpidos comentarios.
- Gracias Roberto, gracias – fue lo que pudo decir esforzando su voz que no salía de su garaganta por la emoción del momento. Con el ánimo de un aventurero Roberto le dijo:
- Ahora cierra los ojos y toma mi mano, que nos vamos a volar por las estrellas –
Cualquiera con un simple radar y una parpadeante luz indicando la nave de Roberto la hubiese visto desaparecer en un abrir y cerrar de ojos como si se la hubiera tragado el espacio. La nave había dejado el pequeño bunker para siempre.
Las regiones fuera de la guerra estaban atónitas ante tanta destrucción. Miles de almas sollozaban ante las imágenes de la Perivisión cuando mostraban cómo dos letales Súper Nucleares destruyeron por completo Galahad, el tercer planeta victima de esta atrocidad. A las 14:45 hora galáctica, una primera bomba cayó en el polo norte del planeta. Treinta segundos después estalló la segunda volando el planeta en pedazos en una horrorosa imagen que nadie podía imaginar ni en sus pesadillas más temidas.