
Ambos estaban en un bunker varios kilómetros bajo la superficie porque allá arriba la vida era insostenible. Dos grandes poderes se enfrentaban desde décadas por una razón que todos olvidaron. Las ciudades se volvieron cementerios y los bosques desiertos, la única posibilidad era enterrarse en algún bunker o tomar un arma y sobrevivir en la superficie. Gina no recuerda haber visto la superficie y estaba harta de que rencores sin sentido y violencia por deporte siguieran dominándola. Lamont, su hermano, se mostró siempre positivo ante la idea aunque nunca creyó en la real posibilidad de arreglar todo.

Lamont sentía el cosquilleo de los nodos eléctricos conectados a todo su cuerpo y apenas resistía levantar la pesada maquinaria con sus hombros, colgando como una gran mochila. “¿Listo hermano?” preguntó Gina secándose el sudor de la frente con la manga embarrada de su delantal. Lamont movió la cabeza aprobando y su hermana entonces bajó una pesada y enorme palanca. Gina se tuvo que colgar de ella para hacerla descender lentamente hasta hacer contacto. “¡Recuerda: destruir la maquina debería hacerte volver!” gritó Gina entremedio del estruendo de maquinarias y metales que se formó cuando activó la palanca. Lamont no lo olvidaría.


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