Desde las alturas, el grupo de
generales observa a sus tropas ordenarse en las cuadrillas designadas listas
para comenzar una jornada más de asedio. Romolus Hercinius empieza el galope
colina abajo montado en su despampanante corcel blanco que obliga a toda la
tropa a mirarlo un poco más arriba del horizonte ¡Este es el día! Grita a todo
pulmón mientras pasa revista ¡hoy su arduo trabajo puede traerles la gloria tan
ansiada! mira al cielo y al sol comprobando el inicio del día ¡AHORA! Azuzados
por su líder motivacional, las tropas ponen manos a la obra lanzando los más
diversos proyectiles hacia el otro lado del muro. Saetas rampantes, aceros
magníficos, óleos corrosivos, todo es válido para hacer caer a las fuerzas
detrás del muro.
Giulius de Ocrámina un general
corpulento de malos hábitos higiénicos que, dicen, es para presionar a los
soldados con la proximidad de su olor, corre en su bayo atezado buscando
errores, indisciplinas, cualquier excusa para corregir con vigor a quien tenga
indicios de flaqueo ¡Más rápido con la carga de esa ballesta, vamos, vamos! No había
tiempo para respirar porque ¡no dejen tiempo para responder del otro lado,
vamos, vamos! apuntalando con las palabras no había mejor que Giulius de Ocrámina,
hasta los soldados sordos escuchan el eco de sus palabras atravesar su
espíritu.

Junio Cayo Cicero dirige las
tropas desde el borde del muro. Valiente, arriesgado pero sobretodo salvaje.
Observa con ojo clínico el alzamiento de las monstruosas helépolis del
ejército. Su experiencia lo hace saber que no llegarán a la altísima cima pero
la cercanía les permitirá enviar objetos incendiarios al interior. Látigo en
mano, Junio Cayo Cicero, no soporta ni la fatiga ni la duda y los rumores dicen
que hasta un parpadeo te cuesta el más brutal de los castigos. A cambio, nadie
es capaz de levantar torres de asedio como él en el mundo conocido ¡El enemigo
está del otro lado! Les grita a sus soldados junto al silbido de su fusta
¡quémenlos! ¡quémenlos a todos!
El cielo es un bello espectáculo
de bolas de fuego y estelas carbonizadas, por decenas de miles, cargadas de la
ira de un pueblo convencido que los del lado que no ven quieren arrasar con sus
ciudades, encender sus cosechas y esclavizar a su descendencia. El rojo, el
naranjo, los gritos de odio, la miseria de la guerra, todo es soportable bajo
la esperanza de algún día vivir en paz.
Al otro lado de la muralla hay un
ejército similar, dirigido por generales tan estrictos como los otros,
impregnados con la misma ira, la misma motivación y también ciegos de los
hombres detrás del muro. Frente a las enormes bolas de acero enviadas por las
catapultas, el general Demetrio Tarcinius mandó a construir enormes vasijas
repletas de arena destinadas a amortiguar el golpe metálico. Son necesarios 50
hombres perfectamente coordinados para mover una vasija de un lado a otro para
atrapar las bolas metálicas mientras estén cayendo ¡izquierda, izquierda! Comanda
Demetrio Tarcinius que tiene prohibido a sus tropas dejar caer las vasijas para
tomar un respiro.
Las mechas de fuego son apagadas
con certeros chorros de agua y las enormes flechas de las ballestas, atraídas hacia
planchas de madera donde quedan clavadas sin dañar a nadie. Los chorros de
aceite de las torres de asedio caen hacia tubos encaminados hacia las afueras
de la ciudad y cualquier flecha de los arqueros contrarios es atrapada por
enormes postes de madera recubiertos con suaves telas. En esa dinámica cualquier
general de batalla se daría cuenta el empate constante e inevitable y sin duda
en ambos bandos lo saben. Al caer la noche, los generales del bando defensivo
manda a sus soldados a dormir a sus hogares con la orden de no desperdiciar
fuerzas en otra cosa que no fuera pensar en el día siguiente. Es ahí cuando el
alto mando queda solo al centro de donde hubo acción.
Con fuerza sobrehumana nunca
vista por sus vasallos, levantan ellos solos las vasijas llenas de bolas
metálicas, los postes repletos de flechas y las planchas atravesadas por el
asedio, y las llevan a las afueras de la ciudad atravesando el muro frontal
como quien nada tiene que temer. Al salir, los generales del bando atacante los
esperan sentados en una larga mesa repleta de las comidas más deliciosas, los
vinos mejor conservados y las mujeres de las ciudades más exóticas.
Demetrio Tarcinus y su comitiva
dejan todo lo que van cargando a un lado de la mesa sin la mayor dificultad para
luego acercarse a saludar de abrazos, sonrisas y palmadas en los hombros a los
generales contendores que los están esperando. En lo que tarda la noche, los
generales comen hasta el hartazgo, beben hasta la inconciencia y abusan de
todas las mujeres que pueden. Es una juerga de placer al cual nadie más tiene
acceso, de las que ni siquiera existen rumores fuera de ese círculo. Al
despuntar el alba, exhaustos de las maravillas dispuestas por orden celestial,
los generales atacantes toman los que sus rivales les han dejado: en una acción
divina toman todas las flechas, aceros y aceites recogidos por los generales de
la defensa y los llevan de vuelta a su lado del campo. Un nuevo día comenzará.
Al despertar, las tropas salen de
sus tiendas y encuentran todo como siempre es al comienzo de la jornada. Sus
ballestas listas y cargadas, centenares de flechas para recargar sus
gastrafetes, miles de bolas de acero para acomodarlas en sus catapultas. ¿Cómo
llega todo eso allí luego de acabar con las municiones el día anterior? No terminan
de preguntárselo cuando divisan a Giuluis de Ocrámina bajar desde la colina en
su precioso corcel blanco. Obnubilados por esa majestuosidad, se apuran en
formarse para la batalla muy seguros de sí mismos, seguros de que esta vez
caerá la ciudad del otro lado.